jueves, 29 de octubre de 2009

Einstürzende Neubauten

Conocí a Blixa Bargeld en Berlín en el año 1995. Era la estrella del grupo alternativo Einstürzende Neubauten (que se puede traducir de forma inelegante en español como Edificios nuevos que se derrumban). Entonces asistí a obras de teatro en las que ellos componían la banda sonora y actuaban (Faust), recitales de poesía de Blixa en solitario (Der Mund ist die Wunde des Alphabets: La boca es la herida del abecedario), con fuegos mefístofélicos que iluminaban el oscuro local de un edificio deshabitado. Quiero dejar aquí constancia de su estétita, que algún amigo caracterizó como rock metafísico, algunos críticos como post-rock, y que creo que no es ya otra cosa que una mirada oblicua, oscura y fascinada sobre ese montón de escombros junto a las calles elegantes de Prenzlauer Berg, ese parque temático del Berlín que fue.


Pocos años después, me trasladé a Croacia. Blixa compuso una canción sobre la melancolía.


Tom "Hobbes" Waits


 The life of man, solitary, poor, nasty, brutish, and short.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Apuntes de Filosofía



Enlace con una página con útiles apuntes para la asignatura de Historia de la Filosofía, aunque falta el siglo XX.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Asoka Maurya y el imperio moral



En la película El cazador (Michael Cimino, 1978) se nos cuenta una transformación moral por la piedad. Una vez repatriado a los Estados Unidos, Mike (Robert de Niro) regresa a casa tras participar en una guerra brutal en la que cree haber perdido a algunos de sus mejores amigos. Como hacía antes de la guerra, Mike va de caza y un hermoso ciervo se pone a tiro en un claro del bosque. Sin embargo, es incapaz de matar al bello animal. Ha disparado contra otros hombres en la guerra. Ha visto morir más a los amigos que a los enemigos. Algo ha cambiado en Mike; conoce el horror de la guerra y no quiere saber nada de ella nunca más. El ciervo, que antes era una mera pieza de caza, ahora aparece como un avatar de los amigos perdidos, que han convertido el dolor y la piedad en una atmósfera que todo lo impregna. Mike llega a la intuición de una de las bases de nuestro comportamiento moral: el sentimiento de compasión. No es esa moral de la corresponsabilidad, del contrato, sino el unilateral sentimiento de compasión hacia los demás, especialmente hacia los más débiles, en la medida en que uno mismo y los seres queridos se proyectan sobre ellos. Por eso, el centro de esta intuición no es la interrelación de derechos y obligaciones entre individuos autónomos, sino el dolor que establece una identidad de todo ser susceptible del mismo y aquello que uno ama.

Asoka Maurya entra en la historia cerca de la cúspide del poder, cimentado por su antecesor, y en los primeros años de su reinado logró coronarla. Con un Estado efectivo para la guerra, Asoka derrotó a los tres reinos Kalinga alrededor de 256 a. C. La guerra fue de gran crudeza: muchos de sus enemigos murieron, fueron hechos prisioneros y perdieron sus hogares o sus medios de vida. Lo que hace de Asoka un emperador peculiar es que el paisaje que vio desde la atalaya de su triunfo conmovió su sensibilidad moral. No es habitual que desde las alturas pueda alguien distinguir los seres humanos de las hormigas. Nuestro emperador se vio arrastrado por un sentimiento de compasión por las víctimas de la guerra, que se hizo extensivo a todos los seres vivos. Asoka parecía ver el túmulo del dolor subir tan alto que podía alcanzar su trono en los cielos, al amparo de las nubes. Por alguna razón, el emperador se hizo tan sensible al sufrimiento ajeno que consideró que todo padecimiento, por pequeño que fuera, debía ser evitado. No existía el sufrimiento útil: éste no implica sino una injusticia más que pesa sobre el mundo. Cuando alguien sufre, eleva la montaña del dolor general. No existe la nietzscheana noción del dolor justificado como placer para otro.

Asoka nunca se embarcó en una nueva guerra. Sin dejar de ser emperador, se convirtió al budismo y dedicó su poder a la construcción de templos con inscripciones sobre la no-violencia (ahimsa) y la compasión como pilares de la vida social e individual. Todo debe estar regido por la ley de la piedad. A pesar de patrocinar el budismo, Asoka fue tolerante con todas las creencias religiosas, siempre que fueran compatibles con esa ley.

El monarca victorioso en la guerra desplazó el sentido de lo que hasta ese momento había sido su actividad y el medio reconocido para alcanzar sus fines. Hay otra guerra distinta de la armada: la conquista del corazón de los hombres. Llega a afirmar incluso que ésta, y no la militar, es la verdadera guerra. Esto llevó a Asoka a significativas reformas del sistema de justicia. No argumenta contra el castigo, sino contra el castigo impuesto injustamente, pues produce dolor tanto al que lo sufre como a sus seres queridos y a los que observan la injusticia y temen sufrirla. El castigo justo restituye el equilibrio y aminora el dolor, parece pensar; pero el castigo injusto no hace sino cargar el mundo con más sufrimiento.

El principio fundamental de la ley de la piedad era el respeto por el carácter sagrado de toda forma de vida, pero también la prohibición de todo trato injusto (llegó a dictar prohibiciones contra la envidia). La ley de la piedad abarcaba todas las relaciones conocidas: las políticas, las familiares, las interétnicas e interestatales e incluso las de los hombres y los animales. Respecto a estas últimas, uno de los edictos más radicales de Asoka consistió en la prohibición de la caza (para empezar, de la ritual cacería real) y de la matanza para comer carne en palacio, además de atender en hospitales a las bestias de carga. Hasta el emperador estaba sometido a tal ley, que desbordaba el propio Estado y (como ley moral que era) que aspiraba a convertirse en una ley cósmica. La misión política de Asoka consistía en hacer pública la ley y en velar por su cumplimiento.

Para ello, hizo inscribir en rocas y columnas, a lo largo de los caminos del imperio, los edictos de la ley de la piedad, para que los viajeros pudieran conocerla por sí mismos. El método pretendía ser efectivo mediante la mera reiteración, pues no había lugar para argumentaciones ni sistematización de las ideas. El mismo Asoka no desarrolló un sistema de pensamiento, sino que todas sus ideas no hacían otra cosa que modular una intuición central. Ni siquiera profundizó en las complejas polémicas doctrinales que empezaban a tomar forma en el seno de las comunidades budistas. De hecho, Asoka nunca dejó de ser una especie de monarca absoluto. Su punto de vista no era antipolítico, como ocurría por aquella época entre los taoístas Chinos. Era una experiencia personal suya, la del más poderoso, la que podía salvar el mundo. Porque él había sentido pesar por las consecuencias de la guerra de la que salió victorioso y había descubierto en ese dolor la verdad, la realidad entera había de ser modificada. Su proyecto era aún más ambicioso: debía conquistar el corazón mismo de los hombres. El problema no estaba en el despotismo, sino en el uso adecuado o no del poder. El emperador tenía una misión permanente: la transformación del interior de sus súbditos. Y a esa misión debía dedicar todo el aparato del Estado. Una transformación tal de la propia imagen que el emperador tenía de sí sólo era posible desde la cima del poder y no desde la fragmentación y la guerra permanente del periodo de los reinos combatientes que vivió Han Fei, de la Italia de Maquiavelo o de la Inglaterra de Hobbes. El tema de que se trata no es el establecimiento de un poder hegemónico, sino qué se hace con él. La reflexión sobre las técnicas para vencer en la guerra fueron sustituidas por el modo de instaurar un nuevo orden moral. Pero ese orden se asentaba en el propio Asoka. Nunca invoca dioses o héroes legendarios. La premisa fundamental es su propio sentimiento, su propia iluminación. Dicho de otro modo: su voluntad es la fuente de la ley. Los que no obedecieran causarían el disgusto del emperador. No toleraría la pereza, la indolencia o la envidia entre sus funcionarios. Todos ellos debían aplicar los edictos de Asoka asiduamente, ser agentes de su voluntad; esto es, la prosperidad y la felicidad de todos los hombres, tanto en esta vida como en la otra. La ambición de miras de Asoka (como emperador sagrado) le llevó a considerar a todos los seres humanos (no sólo a sus súbditos) como sus hijos. Pero la conquista ya no será militar. Asoka toma así el modelo de Siddhartha Gautama sin dejar el poder terrenal. Era a la vez un maestro y un tirano, un misionero (llevó emisarios para transmitir la ley de la piedad hasta Grecia o China) y reformador moral y un conquistador. La voluntad del emperador sagrado era el sostén de la ley, hasta el punto que todo el proyecto se esfumó con su muerte. Eso sí, bajo su gobierno se favoreció la extensión del budismo, que dejó de ser una secta nacida de los ascetas o sramana, como la de los jainas, para convertirse en una de las grandes religiones universalistas.

Con todo, el emperador Asoka fue un reformador original, en la medida en que no invoca otra autoridad que su propio arrepentimiento. No recurrió a una justificación teológica, quizá porque el mensaje le parecía en sí mismo evidente. Ni siquiera se presenta a sí mismo como el líder que inventó una nueva forma de moral o de hacer política: sólo cree estar haciendo lo justo. Su idea de la sociedad recuerda a la de los confucianos, pues junto a la conversión interior de los hombres por la piedad, añade el respeto a los superiores, la aceptación de la bondad de los que pertenecen a otros credos y religiones y, en fin, las relaciones justas entre todos. Su optimismo antropológico se parece más al de Meng Ke que al de los legistas, como Han Fei. Su prédica de una piedad universal tiene su paralelismo con el amor universal de Mo Ti, aunque a éste no le importaba recurrir la creencia en espíritus (y la amenaza que ellos suponen para el infractor) para someter a las naturalezas más rudas al imperio del amor universal. Por otra parte, para Asoka la ley de la piedad no era sectaria. Era una ley universal que está presente en el universo y que es independiente de todo sistema de creencias religiosas. Quizá por eso predicó y practicó la tolerancia, aunque ayudó especialmente a la difusión del budismo, probablemente porque lo consideraba más cercano a la piedad tal como él la entendía. Eso no quiere decir que Asoka no creyera en otra vida, sino que el mismo principio que conduce a la felicidad y la prosperidad en esta vida, lo hace también en la otra. Dicho de otra manera, la otra vida no se opone a esta ni hay que sacrificar la presente para el éxito en una vida ulterior. El lenguaje bramánico e incluso budista (karma, samsara, brahman, atman, nirvana, etc.) no aparece en sus edictos. Lo que le interesa, sobre todo, es la educación moral de sus súbditos. Los únicos métodos de conquista serían la paciencia y la dulzura, la sensibilidad hacia el sufrimiento de todos los seres vivos. Sorprende porque en la actualidad hay quien defiende que la crueldad con los animales, además de rechazable en sí misma, es una forma de extender tal crueldad hacia los humanos: es antipedagógica. La sensibilidad al sufrimiento debe ser por tanto universal, no se pueden aceptar excepciones (¿por qué no exceptuar, si no, a los enemigos, como es usual?). La piedad no admite compartimentos estancos, no se puede sostener sobre las excepciones, pues estas conducen a la crueldad, al desinterés por el dolor ajeno.

Este giro moralista de la política se hace desde la cúspide del poder, una vez que Asoka ha afianzado su poder y se ha quedado sin rivales que puedan amenazarlo. La ley de la piedad no es, por tanto, de tipo contractual, sino una verdad evidente en sí misma, una norma universal de la vida que está por encima de todos los credos religiosos. El imperio de Asoka Maurya queda para la posteridad como el más preclaro de los proyectos morales aplicados a la política, por encima de otros intentos más dogmáticos impuestos por religiones concretas, pues se centra preferentemente en el bien para toda criatura viviente (en esta vida y en la otra) sin el distanciamiento inhumano de nuestros pequeños problemas en que fácilmente se encuentra quien pretende, ante todo, servir a un dios.

domingo, 13 de septiembre de 2009

El ejemplo de Han Fei


La escuela de los legistas floreció durante el periodo Zhou. También llamados la escuela del método, su intención era el desarrollo de una técnica política que permitiera a los distintos señores administrar eficazmente su territorio e imponerse a los demás en la guerra. Se trataba, por tanto, de pensadores eminentemente prácticos, que vendían sus consejos a los príncipes y les prometían el éxito. No eran diletantes: Han Fei sirvió al señor del estado de Qin y lo convirtió en el hegemónico. De él saldría el emperador del mundo civilizado (lo que nosotros llamamos China).

Han Fei (ca. 280–233 a. C.) fue uno de los pocos legistas que teorizaron sobre su forma de entender la política. La mayoría no pensaba que fuera necesario hacer explícitas las bases conceptuales de su acción. Han Fei, alumno del gran filósofo confuciano Xun Kuang, se distanció de la escuela de los letrados, de la idealización de los ritos y los usos sociales del pasado con los que éstos querían restaurar el viejo orden feudal. Frente a la nostalgia de un pasado idealizado proponía soluciones nuevas a problemas nuevos. La crisis de la estructura feudal llevaba a la búsqueda de la fortaleza de los estados para triunfar en la inacabable guerra de unos contra otros. Lo que la época requería era la búsqueda de la hegemonía. En ese sentido, los legistas, con Han Fei a la cabeza, son precedentes históricos de Maquiavelo o Hobbes. De su maestro Xun Kuang, aprendió que (en contraposición a Meng Ke) el ser humano no es bueno por naturaleza y que son las normas sociales las que conducen al bien común. Han Fei llevó al extremo tal concepción, puesto que en el caso de Xun la cultura cambia realmente el interior del hombre. Sin embargo, para Han Fei lo importante es el miedo al castigo. No se puede pretender convencer a los súbditos ni convertirlos en virtuosos; basta con que tengan miedo. Su proyecto consistía en eliminar los restos del sistema feudal y los privilegios de los aristócratas: todos deberían ser tratados como los campesinos, es decir, por la lógica del premio y el castigo, especialmente del castigo (al contrario del proyecto de los letrados -los confucianos-, que pretendían que todos se convirtieran en virtuosos o aristócratas en el interior). Se trataba de crear un sistema social distinto, con el príncipe en la cumbre y con un cuerpo de burócratas directamente dependientes de él (no cargos hereditarios, como en el antiguo feudalismo) y campesinos libres que pudieran comprar y vender tierras (de esa manera se debilitaba a los señores feudales, se minaba su independencia). Por otra parte, el príncipe no debe convencer, sino que debe ser temido. Todas las faltas deberían ser duramente castigadas, incluso las más leves. El ideal de Han Fei era un estado autoritario y militarizado, casi se podría afirmar que totalitario al estilo del orwelliano, pero sin la tecnología de éste.

Pese a todas las carencias de la época, Han Fei tuvo éxito. El estado de Qin, mediante sus consejos, se impuso a todos los demás y fundó un imperio. Sin embargo, un condiscípulo suyo, Li Si, posiblemente envidioso del éxito de Han Fei, urdió una conspiración contra él. Éste fue hecho prisionero y ejecutado en su celda. Al parecer, le obligaron a ingerir veneno. El paralelismo con Sócrates es evidente; sin embargo, Han Fei no tuvo ningún Platón que nos transmitiera los pensamientos que suscitó tal desenlace en nuestro filósofo. El estado totalitario que él levantó lo devoró. La desmesura en el castigo le fue aplicada. Y efectivamente el Estado triunfó con las medidas que él proponía. Nadie podrá decir que la corrupción moral del crimen menoscabó la eficacia de la acción política, sino todo lo contrario. El pragmático Han Fei tenía razón; decía la verdad y apuró esa ley impersonal como el veneno que consumió su vida. Hasta las heces.

domingo, 19 de abril de 2009

Sanshiro: modernidad y tradición.



Se están publicando recientemente algunas de las principales novelas de uno de los mejores escritores japoneses de todos los tiempos: Natsume Sōseki (cuyo nombre real era Natsume Kinnosuke -1867-1916). La última en aparecer ha sido Sanshiro (Madrid, Impedimenta, 2009), novela que hace de puente entre sus otras dos obras más destacadas, recientemente publicadas en español: Botchan y Kokoro.

La novela es un fascinante y sutil viaje iniciático de un estudiante que llega a la Universidad de Tokio a hacer carrera. Cuenta sus primeras experiencias en la gran ciudad: sus modelos intelectuales y vitales, los descubrimientos y las decepciones, así como el primer y fantasmal gran amor. Los encuentros y las expectativas hacen que la vida sea un permanente descubrimiento de lo que hay bajo la apariencia, descubrimiento que Sanshiro hace siempre con humor, un toque de melancolía y buen corazón. Nada hay de rencor ni deseo de venganza en su actitud, sino contemplación, a veces apesadumbrada. Sanshiro es todo lo contrario de un egocéntrico: eso le hace ser aceptado por todos, que le abren su corazón y lo convierten en un testigo de excepción.

Como otras novelas de Sōseki, abundan los elementos autobiográficos: el propio autor fue profesor de Filología Inglesa en la Universidad de Tokio, en sustitución de Lafcadio Hearn. El ambiente de esa facultad y las peticiones de los alumnos para que las cátedras de filología caigan en manos de japoneses en lugar de los profesores extranjeros están presentes en la novela.

Todo elemento de tragedia (y en Sanshiro esta aparece de forma lateral pero de manera brutal) queda atenuado por la ironía y una fina sátira del entorno cargada de melancolía, pero desprovista de amargura. Ante la vida y sus conflictos y contradicciones, ante la fugacidad de todas las vivencias y la falta de plenitud, sólo cabe un camino desde la sabiduría: la serenidad.

El principal foco de atención de Sanshiro es la joven Mineko, por la que se siente fascinado a través de unos pocos encuentros fortuitos y de la que finalmente sabe que posa para un cuadro que terminará llamándose La mujer del bosque. Mineko aparece en la novela como una imagen artística con un fondo impenetrable, pero al mismo tiempo como alguien frágil que optará por ceder su libertad, que mostrará el mismo miedo e inseguridad que el provinciano Sanshiro. Ambos no dejan de ser niños perdidos (stray sheep!).

Hirota, el profesor de instituto que hace de alter ego de Sōseki y que es presentado como modelo de sabiduría y serenidad, cuenta un sueño en que la mujer de la que está platónicamente enamorado no cambia: “Eres un cuadro”, le dice él. “Tú eres un poema”, responde la mujer del sueño. De la misma manera, Mineko, con toda la modernidad de la metrópoli, encarna el ideal del viejo Japón, de la diosa Amaterasu del Kojiki y de Kaguyahime, la princesa resplandeciente del Cuento del cortador de bambú. Incluso el gusto por la belleza y la dedicación al arte pueden ser considerados como lo esencial del carácter del periodo de Kioto de la literatura japonesa y hasta de su carácter como pueblo. La pérdida de Mineko es también la pérdida de un Japón que ha quedado en el pasado para siempre. El vivo cuadro que era Mineko en sí misma, casada ya con un cristiano, ha dado paso a un cuadro desproporcionadamente grande y superficial que a lo sumo sólo podrá evocar un pasado esplendoroso e irrecuperable.

Por el contrario, el profesor Hirota es un profundo conocedor de la literatura y la filosofía de tradición occidental y, sin embargo, el fondo del Japón tradicional subyace a todo su conocimiento. En primer lugar, en su consideración contemplativa de la vida, carente de ambición y competitividad, en su confuciana forma de ocupar el lugar correspondiente y conducirse con dignidad. Tras los discursos filosóficos y eruditos propios del intelectual europeo se esconde una profunda visión de la vida que llega desde lo más hondo de la tradición japonesa. Pero él no es una pintura, sino un poema, cargado de sentido, aunque haya que buscarlo en el subconsciente (a él mismo se le manifiesta en un sueño). Hirota representa esa fusión entre tradición y modernidad tan japonesa, el punto de equilibrio por el que la tradición se hace el soporte y da sentido a todas las innovaciones y préstamos de Occidente. Al fin y al cabo, la época clásica de la cultura japonesa no fue sino una exitosa adaptación de la cultura china al pathos japonés.

La época de Sōseki es la de una occidentalización que hace que el Japón tradicional parezca extraño y opresivo, así como el influjo extranjero, por lo que los personajes se encuentran perdidos en el medio del camino. En el encuentro central de Sanshiro y Mineko a solas, ambos hallan un lugar en el que descansar, en la naturaleza, lejos del mundanal ruido, junto a un río. En Tokio, sin embargo, son dos niños perdidos que se encuentran y desencuentran en contextos sociales cambiantes.